lunes, 15 de septiembre de 2008

Mi loro se aburre...





Felipe, mi viejo amigo el loro, lleva unos días algo mustio. No quiere hablar y mucho menos cantar. A él le gusta entonar la letrilla de Flint, la del "cofrrre del muerrrrto y una botella de rrrrrron", tal y como él lo pronuncia. Le pregunto si es que echa de menos las largas travesías a bordo de El Huracán o si es simplemente el no haber probado una gota de aguardiente desde que dejamos las costas de Cabo Verde, hace ya varios meses. Yo le he ofrecido un traguito de ron, pero a Felipe nunca le gustó. Sólo una vez le he visto probarlo, cuando conoció a aquella periquita antillana en Portobello y le pidió que le acompañara al zarpar, pero se vé que eran de diferentes especies y su familia quería para ella un tucán banquero o un papagayo político y no un loro filibustero. Como no había aguardiente, pilló lo primero que había, según él "para quitarrrrme las penas": pobre Felipe, aún no sabía que las penas de amores, con el ron, lo que hacen es triplicarse. Recuerdo al día siguiente, ya a bordo y navegando, cómo entre el cocinero y yo tuvimos que meterle a empujones por el pico la sopa anti-resaca, una vieja receta pirata a base de hiel de pescado, pimientos picantes y algas para combatir los efectos del exceso de ron. Sí Felipe, sí; no me mires así que fue por tu bien (si no estuviera tan alicaído habría contestado "cabrrrronesss").
Te prometo que destilaremos aguardiente dentro de poco, no te agobies y alegra esa cara ¡por el ojo tuerto de Black Dog!...
...Sigue igual; ni siquiera la promesa del aguardiente le ha animado. Pero tampoco me ha dicho qué le ocurre y estoy empezando a preocuparme. Y ahora que lo pienso, también estoy algo tristón. No me angustia pensar que nunca volveré a mi hogar, pero sí echo de menos el rugir del viento frenado por el velamen y el crujido del maderamen con el balanceo del barco. Tras una vida tan agitada, tanta tranquilidad y sosiego pueden llegar a ser enemigos implacables si llegaran a convertirse en hastío y aburrimiento. Y el tiempo que no deja de correr, en este caso lentamente, oxida más que el puro salitre. Puede que ambos estemos empezando a sentir la languidez propia del umbral de la vejez. Además ¿de qué nos sirve el botín si aquí no podemos gastarlo? ¡Por el barco maldito de Barend Fokke!*Si esto sigue así, tendremos que pensar en algo y pronto, o terminaremos con nuestros huesos pelados al sol antes de tiempo.
¡Lechuguino! deja de escribir y saca una bolsa de tabaco que hay dentro de ese cofrecillo y coge las cachimbas que hay en ese estuche. Fumaremos y beberemos hasta que se nos ocurra algo; y no me digas que no haces ninguna de las dos cosas: siempre hay una primera vez para todo.


*Barend o Bernard Fokke, personaje real que se cree sirvió de modelo para el personaje de la obra "El Holandés Errante". Será comentado en otra entrada.

2 comentarios:

El Ratón Tintero dijo...

El título ha sonado algo así como... "se me ha muerto el canario"... mal rollo Pata Palo ;-)
Ese Felipe te ha contagiado la tristeza loruna. Con lo que me he reído yo con el video, ¡increible! :-)))

Tomás Ingelmo dijo...

No es tristeza,es nostalgia (puede que ambas estén relacionadas)y creo que el contagio es mutuo.