sábado, 6 de septiembre de 2008

¿Qué haremos con el marinero borracho?




Hemos regresado de nuestro paseo de reconocimiento. La isla está llena de vegetación y hemos tenido que usar los machetes para poder abrirnos camino en más de una ocasión. La expedición ha sido corta, no tenemos ninguna prisa en esconder el botín, pues antes de decidir este lugar como destino para mi retiro, me aseguré de que no estuviese en ningún mapa, recóndita y alejada de todas las rutas, fuera de todos los rumbos. No hay rastro de nativos y también comprobé que no había ninguna otra isla cercana desde la que unos hipotéticos habitantes pudiesen avistarnos.
Sentado ante mi jarra de ron, miro la puesta de sol, un sol naranja fuerte. El mar es una mujer peinándose los cabellos con los últimos rayos del crepúsculo. Ondula, se mece, toda ella se contonea y el acompasado fragor de las olas muriendo en la orilla es como si cantase una canción dulce y romántica, un arrullo envolvente y pacificador.
Está oscureciendo y, ahí fuera, mis hombres han encendido una hoguera y han preparado comida, la carne asada de una especie de cervatillo que cazamos durante la expedición.También hemos visto abundantes árboles frutales, entre ellos varios tipos de palmas de las que, llegado el momento, podremos destilar aguardiente. Por cierto que Felipe, mi loro, prefiere el aguardiente al ron, gusto que considero una ventaja para mí, ya que así sé que no beberá de mi jarra. Es un loro muy delicado y a veces pienso que tuvo que ser criado por un pudiente francés, porque sus modales y sus delicadas inclinaciones, tanto gastronómicas como a la hora de hablar, bien podrían ajustarse a cualquier cortesano de Versalles. Francia... nunca volveré a pisar las arenas de tus playas, ni las de Portugal, España o Inglaterra. Este será mi refugio para siempre, las únicas playas donde mis efímeras pisadas queden estampadas hasta que llegue mi hora y tenga que vermelas en el infierno con el maldito Diablo.
Mis hombres ya han empezado a trocear el asado y alguno, animado por el ron, ha empezado a entonar una vieja canción marinera.¡Por las ronchas de Neptuno! ¡Lechuguino! deja de escribir y vamos a unirnos a la fiesta; son los más fieles, los que han decidido acompañarme a este mi remanso definitivo. Bebamos y cantemos con ellos a la luz de la hoguera y dejemos que las estrellas nos sirvan de habitación, ellas que tantas veces nos guiaron desinteresadamente en la oscuridad.
¡Condenados gandules!¡guardadme mi porción si no queréis terminar todos acompañando a las medusas!¡Por la muleta carcomida de John Silver!*


*John Silver, El Largo, es un personaje de la La Isla del Tesoro, antiguo pirata y contramaestre de la tripulación del capitán Flint, quien había escondido el tesoro de marras. En otra entrada, la próxima quizás, hablaré de el, me parece un personaje bastante extenso como para describirlo en una nota.

2 comentarios:

El Ratón Tintero dijo...

Muy bueno cómo has nombrado a tu loro, Pata Palo :-)
Tengo una perrita llamada Bonifacia, y en una ocasión conocí en la calle una señora que llamaba a su perro Felipe también.
Si es que a veces sólo les falta hablar... tu loro al menos algo dirá ;-)

Tomás Ingelmo dijo...

Ya hablará,ya. Por ahora prefiero que se esté calladito.