viernes, 5 de septiembre de 2008

Derrotas y derivas*



El aroma de la bajamar, mezclado con la fresca brisa de poniente, me ha traído recuerdos. Siempre fuí culo de mal asiento, quizás por eso eligiese la vida de pirata en un determinado momento de mi vida; por eso y por vivir bajo mi propia bandera, con mis propias leyes.
En mi mente se suceden imágenes de cien playas, de tempestades y tormentas, de puertos lejanos y de más aún lejanos amores. He visto a hombres ir a la horca como pago a sus acciones y también tirarse por la borda para ser pasto de los tiburones, empujados por la desesperación de saberse siempre perseguidos, siempre fugitivos. He visto a mujeres llorar al verse abandonadas por sus maridos, expuestas a merced de las desgracias de la vida. He visto a niños deambular entre la miseria, víctimas inocentes de desquiciadas ansias de poder y conquistas. A madres llorar por sus hijos. A hermanos traicionar a sus propios hermanos. A hijos vejar a sus propias madres. He concido el amor y el terror, la avaricia y el abuso. He bebido lágrimas y sangre. He probado el dulce néctar de las frutas silvestres y el amargor de la hiel del tiburón. La paz de un coy en cubierta al atardecer y el ardor de la refriega del abordaje. El olor de la orquídea y el de la pólvora quemada.
Han puesto precio a mi cabeza todos los gobernadores de las Antillas : españoles, ingleses, holandeses, franceses... volver a mi primer hogar es ya imposible. Durante todo este tiempo de aventuras y desventuras, de correrías llenas de peligro, de saqueos y pillajes, de amores imposibles y de olvidos, mi único hogar fue mi barco rodeado por todo el Océano, inmenso jardín salado y sin flores, pero repleto de casi invisible vida.
Los delfines me acompañaron muchas veces, juguetones compañeros de viaje. Algunas veces perseguían la estela que mi bajel iba dibujando en la superficie, decorando las vacías aguas con una cinta, amarillenta durante el día y plateada durante las estrelladas noches de los trópicos. Nunca escuché el canto de las sirenas, pero sí creí verlas alguna vez, asomadas a las crestas de las olas para desaparecer inmediatamente, en una especie de burlón juego del escondite. O puede que todo fuese producto de los efetos del ron, inseparable y necesario compañero para poder soportar la soledad infinita de un mar sin horizonte.
Pero ¡por todos los condenados al infierno! me estoy poniendo nostálgico.¡Tú, lechuguino: suelta la pluma y acercame la jarra! ¡Este ron jamaicano sabe como todos los rayos encendidos! Esos malditos herejes ingleses saben destilar ¡es la mismísima sangre del Diablo! ¡Bebed conmigo: es pura medicina!
Y después, iremos a dar un paseo por esta isla y buscaremos un lugar seguro para esconder el botín.


*Derrota, en términos náuticos, significa rumbo, línea de navegación que debe seguir el barco de un punto de partida a otro de llegada. La deriva es la desviación de esa línea experimentada por una nave, producida por los vientos y, sobre todo, por las corrientes.


2 comentarios:

Tomás Ingelmo dijo...

Vengo de visitar el blog de mi grn amigo Perico y he visto que alguien que afirma ser Mahandry(me suena,no sé de qué) no ha podido introducir su comentario en este blog. Seguramente, en ese momento, estaría corrigiendo algo de la anterior entrada y reeditándola.La siempre sospechosa simultaneidad.
Espero que repita el intento,porque me hubiera gustado leer sy saludo. Siempre da ánimo.

El Ratón Tintero dijo...

Me encanta. Esto promete, Pata Palo.
Te seguiré para ver hasta donde eres capaz de derrochar tanta imaginación en la misma línea.